Tus Noticias de La Costera

Harto

35 J.LLINARES FILEminimizerHarto de ver tan malas noticias en TV. Harto de escuchar tan desgraciadas situaciones en el mundo, en mi país y comunidad. Harto de reportajes donde la miseria y la pobreza van unidas a las enfermedades y la muerte. Harto de observar que la lenta justicia, y a veces injusta, condena al ladronzuelo necesitado y al político y empresario corruptos los perdona. Harto de guerras y conflictos entre países ricos en recursos de relevante necesidad para el mundo. Harto, como digo, decidí hacer algo. Tenía que haber algún remedio para tanto caos. Puse manos a la obra y analice las expectativas. Muy en el fondo de mi ser sabía que estaba en este mundo para realizar alguna gran obra. Intuía que desde mi fuero interno se había gestado un compromiso con el mundo, con posibilidades de cambiar la situación que tanto exasperaban a la humanidad. Me sentía llamado a realizar algo que pudiera provocar un cambio positivo a tanta desgracia. Estaba harto de ser un pasivo espectador de tantas calamidades. Me sentí comprometido y responsable ante tanto dolor. La insensibilización de que lo que ocurría en el mundo fuera normal, dejó de convencerme. Una llamada interna me obligó a saltar del sofá y empezar a buscar deberes para con la sociedad mundial. ¡Que Dios me ayude ante tanto martirio sin sentido!
Me asocie a una ONG de renombre internacional, y durante tres largos años luchamos para conseguir lidiar con las hambrunas del sureste de África. Algo se consiguió, por supuesto, pero los tejemanejes del poder en aquellas zonas estaban comprados por otros intereses aun mayores y las dificultades para salvaguardar a sus pueblos eran cada vez superiores. ¿Qué hacía que los mandamases se dejaran seducir por supuestos señores sin rostro y vendieran hasta sus mismos nativos familiares a manos de la tragedia? Supongo que dinero, mucho dinero y más poder para que intereses oscurantistas hicieran y deshicieran a sus anchas. Había que subir escalones para ver con mayor perspectiva. Después de largos procesos, conseguí permisos para asistir a conferencias de gente de altos niveles y altos intereses creados. A estos señores no les importaba más que sus haciendas. Supongo que para llenar sus habitaciones de papel moneda en sus creados paraísos fiscales. Pero, ¿para que retener el dinero en paraísos fiscales cuando es de mayor provecho redirigirlo al bien común y erradicar la miseria de un planeta que puede ser un autentico Edén? Tenían objetivos, compromisos y favores que parece ser la mayoría de, incluso periodistas especializados, desconocíamos. De ahí que las sospechas volaban sobre nidos de cuco, como se suele decir y daban pie a especulaciones, a veces, disparatadas. O ¿quizás no?
Pregunté, indagué, pero tropezaba con un gran muro imposible de franquear. Un hermetismo tan absoluto sobre las razones que impiden solventar los cruciales conflictos y problemas mundiales, sin respuestas concretas. Quizás no fuera el camino apropiado pero era el único modo que conocía para buscar revelaciones a tanto daño social. Todo eran evasivas muy bien estudiadas, confesiones e indicaciones que no llevaban a ningún lugar.
Después de infructuosas opciones en el mundo de estos señores que conservan tantísimo poder, decidí retirarme en retaguardia para planear la manera de acceder a sus territorios. Como un experimentado estratega me sugerí emprender el vuelo desde mi propia nación. Y, en manos de mejores recomendaciones me resitué entre capitaneos de ONGs para no perder ni tiempos ni posibilidades. Algunas de ellas me sorprendieron al descubrir que sus resistencias estaban doblegadas por intereses políticos y empresariales, alejándoles de su finalidad legitima. Preguntar estaba fuera de normas. Había que acatar órdenes que no se sabía de dónde provenían. Aquello eran los motivos para mantener ciertas organizaciones en vigor de cara la sociedad, pero más allá de ciertas cuestiones imperaban intereses que a nadie importaba. ¡Qué oscurantismo más demoledor!
Mi lucha por reparar, o mejor, aportar una ayuda al mundo se desvanecía como el humo entre la nada. Era desmoralizador. ¿A quienes debía acudir para hacer realidad mi aportación?
Una nota estaba sobre la mesa del comedor, en el sitio donde me sentaba. Estaba dirigida a mí, no había duda alguna. Escrito mi nombre en mayúsculas sobresalía de todo el mensaje impreso: "...ciertas preguntas llevan a callejones sin salida, que no son más que trampas para ratas". Estaba claro. Mi presencia era molesta y mi vida era más importante que toda aquella porquería. Tenía que buscar otros remedios. Pensé en mi comunidad. Esta vez me inscribí en un grupo político de relevancia. Comencé a interesarme desde abajo de los entresijos públicos para estar a la altura, intercambiar ideas y demostrar especial interés. Di en el clavo, al menos eso creía en principio. Me otorgaron cargos de peso donde mis destrezas en solucionar problemas y batallar adversidades resultaban fructuosos. Llame la atención desde el principio. Pero, como pasa en casi todos los órdenes sociales, me tenía que supeditar a normativas que si cuestionabas, certeramente, te amonestaban y llegaban a clasificar de cierto grado de rebeldía sospechosa. Si, otra vez, los protocolos y formalidades a cumplir, relegando tu individualidad y manera propia de pensar. Cualquier ejecución tenía que ser corroborada por quienes estaba al cargo del partido para que no afectasen, diría yo, sus posibles intereses partidistas, sus posicionamientos ante el representación social. ¡Qué tacto debía uno tener cuando prioriza los intereses del ciudadano frente a los intereses partidarios! Siempre había creído que cambiar un imperio o derrotarlo tenía que ser incondicionalmente desde dentro, pero, estaba todo tan bien estructurado y organizado, que era cuasi imposible. Debías ser un experto en camuflaje, un topo muy bien preparado para llegar al núcleo de estas institucionalizadas organizaciones.
Me retire de este mundillo lamentando, después de 15 años de frenética dedicación, que no había alcanzado ningún objetivo. O te conviertes en uno de ellos, o te conviertes en un enemigo derrotado. Sus sistemas son perfectos.
Me dirigí a un retiro, diríamos espiritual, donde relajar y alejarme de tanta macabra situación. A partir de ese momento lo más importante sería yo. Si, ahora me urgía salvarme de las garras de un mundo cuyo corte era demoledor para gran parte de la humanidad agonizante por situaciones irracionales en manos de intereses irracionales. Necesitaba desconectar.
Tiempo después, concertado mi retraimiento espiritual, absorto en una paz humanamente indescriptible con tintes divinos, se me sobrevino luz en tan magullada alma y logre vislumbrar con claridad meridiana el resorte de mi propósito. Tiempo después, como relato, descubrí que cambiar el mundo se puede, pero con el ejemplo. El hombre que logra tener su corazón en paz, jamás creará diferencias, conflictos y caos entre los demás. Entendí que la ignorancia sobre nuestra naturaleza real, es la madre de todas las batallas que se originan en nuestro interior y cosechan en la realidad. Que la realidad es fruto de nuestros pensamientos y creencias, y que estas creencias emanan, sino por herencia, de nuestros descuidados conocimientos adquiridos sin cuestionamientos requeridos. Somos el problema del mundo, pero también la solución. Y ésta, parte de una sincera introspección hacia nuestro mundo interno, secuestrado por las distracciones que bombardean nuestras emociones y mente.
Cuando mi visión fue otra respecto a la injusticia presente, comencé a dar ejemplo de convivencia social más humananizante. Me sentía bien conmigo mismo y sabía, con total certeza, que también Dios se sentía satisfecho con mi trabajo.
El mundo es así, aunque no nos guste, para que nosotros nos convirtamos en quienes somos realmente. Para que descubramos nuestra esencia más íntima y regocijemos de este estado. Esta es nuestra gran obra.

 

J.Joaquín Llinares Nadal

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