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La mediocridad del querubín

En este universo existen leyes. Leyes inmodificables por nadie que no sea quien las creó. Y estamos seguros que no fue el hombre. Las leyes del hombre ya sabemos cómo funcionan, siempre sujetas a los intereses creados. Así se mantiene el sistema que gobierna el mundo, con intereses creados por unos pocos, claro, de los cuales se benefician en todos los sentidos.
Se sabe que nada hay estático, todo está en pleno movimiento, aunque a los ojos del hombre se perciba lo contrario. El movimiento tiene su origen, sus ciclos, sus maneras y resultados. Se suele llamar movimiento - resultado a la causa-efecto. Solo hay que ser un poco observador y ver que todo bajo el sol cumple con las conocidas leyes universales que rigen el cosmos. Un cosmos donde giran y giran sistemas solares manteniendo en sus orbitas a planetas diferentes. Y, entre ellos, esta nuestra preciosa tierra donde habita un ser extraordinario que parece haber interrumpido y estacionado algo que le es asignado en su cadena de ADN, su desarrollo como ser humano. Su cadena genética está compuesta por doce hebras científicamente descubiertas por los mejores genetistas, de las cuales, dicen, que solo utilizamos dos y las demás son ¿basura? Otros amigos del hombre moderno también afirman que utilizamos un 10% de nuestra capacidad mental y que el 90 está por descubrir.
Creo que nadie afirmaría con rotundidad que nuestro destino no es descubrir nuestro potencial al máximo y SORPRENDERNOS de los capaces que podemos llegar a ser.
Pero como he dicho más arriba, estamos entrampados en la telaraña de un sistema que parece que no le convenga que nuestras potencialidades "florezcan". De ahí que vivimos en una sociedad donde se tergiversan valores en función de apetitos y demás provechos, dejando muy atrás la posibilidad de mejorar, de superarse y aprender. Después de pasar por el filtro de la enseñanza establecida, nos agobia seguir cultivándose. Salimos como Tarzán con su cuchillo en boca entre lianas en busca del dorado. Sabemos, bueno, sabemos lo que no está escrito. Nos adentramos en sitios públicos a tomar la pepsi del día con los amigotes. Que afortunados somos de tener tantos. Y comenzamos a tildar a quienes no están presentes, a quien comete el error de no marcar el gol, al presidente y al jefe, a quien hace y deshace, al médico de turno, al entrenador, a la camarera del café, a la mujer que estornuda, etc., siempre hay alguna víctima, y si no, la inventamos, para esos dardos venenosos, como menos contaminantes, que llegan a generar rumores inciertos que podrían perjudicar a los demás. Todos saben de todos y de todo. Si hablas de deporte, son mejores que Nadal, incluso se atreven a corregir a Mesi en plena actividad. Ellos ya lo saben todo y su secreto para mantenerse en forma es tener siempre la razón. Su razón, claro. Una razón que quizás esconda aquellas otras razones en la estúpida ignorancia que no desean que nadie pueda descubrir. Seguro que entre ellas está la populosa insatisfacción interna que amarga lentamente sus entrañas. (Lo dice el Dr. Víctor Frank, en sus famosos libros donde desentraña la desesperación silenciosa que vive la sociedad). Pero, no les diga que están equivocados, que atiendan otro punto de vista porque no te dejarán con su ametralladora verbal. ¿Y tú qué sabrás? Este tipo de personas abunda en sociedades donde se relega la humildad y se asienta la soberbia como razón de ser. Míralos, abundan. Están por todas partes. Háblales de algo y conocerás a un experto. Son productos acabados. No necesitan dudar de lo que dicen, a pesar de que estando en la era de la información y según afirman ciertos peritos aseguran que la información se multiplica cada semana.
En contraste, al igual que otros que rechazan la apatía y la desidia donde está sumida la persona y la sociedad en definitiva, también confirman que el aprendizaje continuo es una de las soluciones más relevantes y sugestivas para mejorarse, superarse y cultivar valores donde, como recompensa, se obtendría más felicidad y dicha. Si descartamos esta opción, nos estancamos, y desde luego que la información que siempre orbita entre las neuronas, se vicia, entumece y muere. Renovar con frescura a través de la adquisición de conocimientos nos crea más salud en todos los sentidos. Crecemos como humanos, nos concedemos la ventaja de ser universales. Se sabe que "todo lo que se estanca, se pudre". Depende de cada cual no oler mal ante los demás.
El objetivo de gestar desde la sombra doctrinas y métodos con la finalidad de obtener mediocridad se ha conseguido. Pero nadie está llamado a la misma, sino a la excelencia como personas. Y, corresponde a nuestra capacidad de reflexionar si lo que estamos absorbiendo nos ayuda o nos perjudica. Lo que es seguro es que paraliza la oportunidad de revelar el sentido de las hebras que tenemos por develar en nuestro ADN y potenciar nuestro contenido mental.
Dejemos de mostrarnos a los demás como querubines y perfectos sabelotodo, que no hacemos más que el chocarrero frente a quien humildemente aprende y descubre que nada sabe.
Imaginemos que nuestro cerebro es un estomago (lo es), si comemos todos los días lo mismo, los resultados y efectos de la dieta serán siempre los mismos, no pretendamos otros resultados si no cambiamos de comida. Además, nos sentiremos como estancados y hasta molestos. Quizás sea una de las razones de la generalizada frustración social, de las paranoias de mucha gente y ciertas locuras que pasan desapercibidas. Movámonos pues hacia una sana alimentación para salir del estado medio y avanzar hacia delante. Nutrámonos mentalmente del conocimiento que está a nuestro alcance y creamos en otras realidades. El conocer y comprender nos hará más humildes y menos vanidosos, más excelentes y menos vulgares, nos acercará a los demás de otra manera más profunda, veremos el entorno con otra mirada, y en este movimiento que generará más movimiento, alcanzaremos deseos que siempre han estado presentes en nuestra vida.
La mediocridad del querubín es un síntoma social que hace creer a uno mismo que es superior a los demás, que está por encima de la gente y utiliza a la misma para alcanzar sus desdichados objetivos.
La perfección en el hombre es una asignatura pendiente cuya única disciplina para alcanzarla es el amor. No somos dioses, somos hombres y mujeres, y el respeto y la consideración es una deuda de cada cual.
No pulamos más nuestra mediocridad, dejemos de sacar brillo a lo que no tiene valor, y esforcémonos por reinventar nuestra integridad con aquellas cualidades que nos hacen más humanos.

 

TNR- J.Joaquín Llinares Nadal

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