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SALVADO

Es increíble lo que el ser humano es capaz de hacer a sus semejantes.- Me decía el Dr. en la mesa de una cafetería mientras tomábamos un refresco de verano. -¿Sabes?, mi madre quiso abortarme. Antes de morir me dijo que cuando era joven quedó embarazada en una noche de fiesta, de las que celebraron el viaje de fin de curso en Palma de Mallorca. Estuvieron de festejos con los compañeros entre discotecas y guateques, y entre cubatas y cervezas llegaron momentos donde la osadía ganó a la prudencia y lucidez, y embriagada por el descontrol y el abuso, se despertó en la orilla del mar junto con dos amigas que estaban en peor condición, según ella. Conforme se adentraba en la noche, la euforia desmedida ganaba el terreno y la inconsciencia dirigía sus pasos, mermando sus voluntades. Las amistades con ciertos chicos simpáticos, las confianzas desatadas, un ambiente oportuno y las copas demás, bajo una cúpula celeste estrellada y las olas del mar bañando sus pies, hizo de aquella situación la ocasión perfecta de un amor vano. El alcohol nubló su virtud y pasó lo inevitable entre jóvenes con hormonas desenfrenadas. 17 años tenía. Una niña con pretensiones de ser mujer.
Cuando se percató de que la menstruación no llegaba por segundo mes, supuso lo peor y decidió abortar. Estaba descentrada de todos los demás aspectos de su vida. En su mente solo tenía la dificultad, el problema de tener que dar explicaciones a unos padres que en absoluto aceptarían tal cuestión, pues eran creyentes acérrimos en la palabra de Dios y no estaban por el aborto de ninguna de las maneras. Sobraba contarles nada. Acudió a sus leales amigas con la esperanza de que la entendieran y aconsejaran, pero en realidad más bien se desatendieron, se limitaron a escuchar y a decir lo que ya sabía sin aportarle nada nuevo. El esfuerzo por silenciar ante su familia la situación le angustiaba hasta el extremo de querer suicidarse. Sufría. Sentía que estaba ante un desierto imposible de cruzar. Se sentía tan pequeña. La idea de abortar le rondaba por la cabeza día y noche causándole quemazón en su mortificada alma. Ante una situación de esta índole estas desesperado. Cuando te ves atrapado o invadido por una enfermedad importante solo buscas entender y ser entendido, y a veces lo consigues, y lo superas, pero una mujer, una niña en esta situación, sin la confianza en sí misma para afrontarla debidamente, aunque estén henchidas de teorías y opiniones diversas al respecto, con o sin fundamento, aunque se crean que "eso" les sucede a las demás y crean estar muy preparadas sexualmente, en la realidad es siempre un enorme desafío que les puede hundir en la desesperación y la amargura, tomando las decisiones más fáciles y que más riesgos conllevan para la vida. Y, mi madre tomó la peor de las decisiones, pero la más cómoda para ella. Costaba 1000 € y un fin de semana en Inglaterra.
Parece ser que conoció a una mujer que les reguló la situación y se encaminaron un 18 de octubre a una clínica especializada en abortos, en la ciudad de Bristol, por la zona de Brandon Hill, con la excelente excusa de asistir a un concierto de rock con dos de sus amigas. Sus padres, aunque fueran muy católicos para unas cuestiones se dejaban embelesar por otras donde su hijita debía ser consentida para dejar que acabara de desarrollar su adolescente personalidad y adentrara en una adultez que aun se intuía lejana.
Una vez allí no había tiempo que perder. Se pusieron los abortistas en marcha, preparando los utensilios y medicamentos pertinentes. Después de los análisis correspondientes, después del relleno habitual de papeles e historial, optaron por un aborto por aspiración. Bueno, ya sabes, ese tipo de aborto en el cual absorben al feto como si fuera escombro, vaciando el útero mediante dispositivos de succión, incluso mecánicos y curetas para su consiguiente raspado, cuyo objetivo es dejar el útero limpio y sin consecuencias perjudiciales. El feto de tres meses en mi caso, es destruido por completo y absorbido como si de basura se tratara.
Pero la suerte estaba conmigo. Yo cumplía las 17 semanas y el Dr. especializado en abortos, por razones de salud y en el momento más oportuno se desplomó en la habitación, según mi madre, por cuestiones del corazón. Lamentándolo mucho, no se pudo realizar la operación y como era un fin de semana ajustado, tuvieron que volver a España cargados con el embarazo y la desazón.
Dos semanas después tuvo que comunicar a sus padres la situación y después del amargo trago del momento, aceptaron la inesperada incidencia con el amor correspondido a una hija en apuros. Cuidarían de ella como si fuera lo último destinado a realizar en sus vidas a la espera de un hijo y nieto al cual se le entregaría todo el amor que pueden una madre y unos abuelos entregar.
Nací en primavera, en el hospital la FE de Valencia, donde vi por primera vez la luz y sentí el cariño de una joven madre que quería en un principio abortar a quien en un futuro sería un médico afortunado que salva de las garras de la muerte a más de 300 personas a día de hoy con enfermedades de diagnostico incurable gracias a sus especialidades en cirugías y post-operaciones.
No estoy a favor del aborto. Se ha de mirar de una manera más amplia el tema del aborto. No es cuestión de planteamientos extremos de estar o no en contra. Es una cuestión peliaguda, delicada y muy seria, y con la ligereza con que se habla en boca de desentendidos e indocumentados por ganarse favores sociales e intereses, deberíamos de establecer una educación amplia al respecto. Habría casos que deberían de llegar a manos de una comisión especializada y sin ánimos de ningún tipo excepto el de preservar la vida y por sobre todo respetarla, para recalificar la posibilidad de un aborto. La mujer ha de entender que es dadora de vida y que es una responsabilidad vital preservarla. Rebelarse a favor de un homicidio a sí mismas y a la vida no tiene nombre ni precio. Hay que analizar cada una de las circunstancias. Hay que abordar el tema de una educación más profunda y directa, más amplia y explicita sobre los temarios del sexo y prevenciones. En España abortan unas 100.000 mujeres al año. Estoy seguro que existen embarazos donde el aborto se ha de llevar a cabo por necesidad, malformaciones o enfermedades que corren el riesgo de interrumpir la vida del feto, incluso de la madre. Abortos naturales, o sea, la misma naturaleza del embarazo se desarrolla de tan mala manera que ella misma se auto-destruye. Pero una grandísima mayoría de abortos se practica en clínicas dedicadas a ello, clandestinas o no, por errores de nuestros jóvenes.
Usted y yo, podemos cometer un asesinato enfrentándonos a un ladrón que nos amenaza con un arma en nuestra propia casa, pero como personas cabales, somos conscientes de tal actuación en defensa propia. Incluso, cuando unos padres asesinan a su hijo por determinada cuestión, nos alarmamos, siendo capaces de provocar manifestaciones para que enjuicien y enclaustren a sus parientes asesinos. Nos llega al alma ver como un niño indefenso de corta edad le es arrebatada su vida por unos inconscientes. Defendemos la vida porque somos parte de la vida. Sin embargo, la mujer defiende el derecho a matar a su hijo mientras se desarrolla en su cuerpo, convencida de que es lo mejor que puede hacer, mal informada y peor asesorada porque existen tantas alternativas para hijos que se desprecian, como por ejemplo entregarlo a familias que por desgracia les es imposible tener hijos, o actuar como madre de alquiler. Pero lo más infame, es crear leyes para apoyar tal derecho. Además de ser capaz de tergiversar la misma naturaleza y lenguaje, creer que lo que engendra no es una persona sino cualquier cosa. Me repugna que alguien sea tan tremendamente inculto. Ello da a conocer el nivel formativo y pedagógico de quienes defienden la ignorancia y la estupidez. Soy consciente de que hay situaciones embarazosas, delicadas e incómodas, pero esa tercera persona no tiene culpa ninguna, no puede defender su vida como una persona nacida lo haría, no se le da la oportunidad por mantener la comodidad y el statu quo de la persona que decide asesinar. Solo el ser humano es capaz de tal atrocidad y buscar refugio en leyes y creencias absurdas que defienden intereses creados. Ningún animal mata a su cría mientras se desarrolla en su útero, y nos creemos inteligentes. Defendemos la vida contra las guerras, contra las enfermedades, contra los desastres naturales, pero dejamos a un lado la defensa contra la mayor de las inocencias: el embrión humano.
Estuve a punto de ser descuartizado, succionado y arrojado a la basura. Gracias a un inesperado infarto de un doctor maléficamente experimentado en liquidar a un enemigo inexistente, me pude salvar. Mi madre, antes de morir, se sintió orgullosa de mi historial y mi familia feliz por tenerme. Entendamos una razón trascendental sobre el aborto. Aquellas mujeres que dicen ejercer su derecho a abortar sepan que muy posiblemente estén asesinando al médico que ingenia la vacuna definitiva contra el cáncer; al líder de una organización que rescata a miles de personas de catástrofes naturales; al abogado que defenderá la justicia de las garras de la corrupción; al científico que creará vida en otros planetas; al docente que defenderá una educación mas liberalizadora y trascendente, pero también, a la mujer que da un gran ejemplo del amor a sus hijos; al escultor que copia a Miguel Ángelo y al pintor que decora miles de casas aportando armonía y bienestar. Sí, estamos abortando a quienes pueden ser salvación. Yo me considero un ejemplo. ¿A quién le hubiera gustado ser abortado? Mi vida la engendró mi madre, y aquella terrible circunstancia la garantizó para siempre. Esta la defensa del derecho al aborto que defiende la mujer que en nada aprecia la vida desde la perspectiva más humana contra el deber del compromiso a la vida. Es un debate donde las respuestas no pueden ser cerradas, si o no, es un debate abierto, que hay que estudiar en cada embarazo, por el bien de la humanidad, ¿entiendes? Sabemos que no lo estamos haciendo bien, lo intuimos y seguimos hacia el caos. Hay que ver como somos de absurdos cuando no pensamos seriamente las cosas.
Miró su reloj, y al darse cuenta que era algo tarde, me pidió disculpas diciéndome que en quirófanos le esperaban. Aquella conversación supuse que era un pensamiento en voz alta, una especie de escape a tanta injusticia sentida contra la vida, pero no se me olvido. No pasa todos los días que una persona desconocida prácticamente, se siente en tu mesa y despliegue una plática tan relevante sobre la vida.
Antes de marcharme del lugar pregunté si conocían al Señor Doctor que tan amable conversó conmigo. El camarero fue quien me dijo que era uno de los médicos más respetados del hospital de valencia, cuya fama había rebasado fronteras fuera de España.

 

J.Joaquín Llinares Nadal

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